El top 3 de los intentos de asesinato de Kalin se dió aquella vez en que descubrí un secreto terrible, como diría el chavo del ocho: sin querer queriendo.
Resulta que una ex novia de la universidad había vuelto a contactarme hacía poco, luego de un año de no tener comunicación alguna. Yo, que siempre la había conocido muy bien, noté de inmediato que tras su sorpresiva aparición y aparente alegría escondia algo.
Salimos un par de veces y a la segunda salida fuimos a comer algo y luego nos quedamos viendo una película en mi casa. Pero nos quedamos dormidos y cuando despertamos nos dimos cuenta que ya se había hecho de noche y ella tuvo que salir corriendo a su casa porque sus padres se molestarían mucho si llegaba tarde. Debido a la prisa olvidó su celular en mi casa, y recién nos dimos cuenta cuando llegamos a la suya. De inmediato entró en desesperación, se puso pálida y empezó nerviosamente a insistir en que yo regresara a mi casa a traer su celular en ese mismo instante. Yo andaba con sueño y era de noche, además al día siguiente tenía clases, asi que le propuse llevárselo al día siguiente a la universidad; pero para mi sorpresa ella siguió insistiendo. Su actitud me pareció extraña y cuando le pregunté cual era la urgencia, no me supo dar una respuesta convincente, asi que me negué tajantemente. Finalmente le prometí que se se lo entregaría antes de entrar a mis clases de las 7am. Por suerte estábamos en la misma universidad y aunque éramos de facultades distintas todas estaban reunidas en un mismo local, solo tendría que desplazarme un largo trecho caminando desde ingeniería hasta la sede de letras. Ella aceptó a regañandientes.
Al regresar a mi casa, de inmediato cogí el celular y este se encontraba en modo silencioso y habían varias llamadas perdidas. Aunque tenía curiosidad por saber porqué ella no quería que yo lo revisara, no lo hice; y no porque no quisiera sino porque no pude: si lo hubiera desbloqueado se habrían perdido los mensajes de alerta y ella sabría que lo revisé. Lo único que se me ocurrió pensar es que que ella tenía novio y no quería que yo me enterara. Pero durante la madrugada el celular vibró y me despertó, decidí entonces contestar y para mi sorpresa una voz de hombre preguntó por un nombre desconocido. Y no sólo eso, sino que dijo textualmente:
– Aló! ¿Diana? ¿como es el asunto?
Medio dormido le contesté:
– Equivocado
y colgué.
Me volví a dormir y no pensé en ello hasta varios días después. Cuando la volví a encontrar en la universidad a la hora del almuerzo. Yo estaba en una mesa solo y de inmediato se acercó a acompañarme con sus amigas. Nos saludamos y conversamos normalmente, luego sus amigas se fueron y ella se quedó conmigo pues yo siempre fui de comer muy lento. Mientras esperaba a que yo termine de comer, prendió su celular y se puso a revisar sus llamadas, de golpe entraron varios mensajes acumulados. Al cabo de unos minutos entró una llamada, y durante una fracción de segundo noté que me había mirado de reojo: estaba nerviosa. Siempre me han dicho que soy perceptivo, y a veces me basta el más mínimo gesto para saber qué está sintiendo la otra persona. Ella contestó pero no habló, solo escuchó y sin que yo le preguntara anunció con tono de fastidio:
– Equivocado.
La miré por un instante tratando de intimidarla y le dije:
– Recibes varias llamadas equivocadas?
– Si, creo que es mi ex novio, que todavía me molesta.
Al cabo de unos minutos volvió a recibir otra llamada y esta vez decidió contestarla aparte, se alejó unos momentos y se fue a los jardines de la cafetería. Luego regresó con cara de haber hecho alguna travesura. Decidí en ese momento aclarar las cosas porque era obvio que algo ocultaba, y tras hacerle un par de preguntas no me quedó ninguna duda: mentía. Ahora sí estaba seguro que ella tenía un novio.
Más tarde algo me haría sospechar algo más grave aún: la última vez que nos vimos ella me comentó que necesitaba dinero urgente para pagar la pensión de la universidad y que estaba pensando cambiarse de empleo porque le pagaban muy poco en el que tenía. Sin embargo, ahora apenas 4 días después me enseñaba orgullosa y feliz su nuevo MP4, el cual según me dijo lo había comprado con un dinero que le debían. No lo quise creer, pero habían pocas explicaciones para su repentina bonanza: atando cabos, deduje que estaba sangrando a algún incauto o estaba prostituyéndose. Me incliné por la segunda alternativa y me propuse averiguarlo.
Al día siguiente la invité a cenar a un sitio romántico y elegante en miraflores como para ir ablandando su posible resistencia. Fingí que todo estaba muy bien, luego de la cena recibió otra de las llamadas misteriosas y esta vez también se alejó para contestar. Así que luego se su llamada, le propuse caminar por el malecón y le dije que necesitaba hablar con ella. Fue así que estuvimos largo rato caminando al borde de los acantilados de la costa. Luego de un tiempo nos sentamos uno junto al otro sobre el pequeño muro que separa el malecón del precipicio de rocas y plantas trepadoras que da hacia el mar limeño. Estuvimos disfrutando la vista en silencio, hasta que decidí que el momento había llegado:
– Ya sé lo que estas haciendo...
ella se quedó en silencio unos instantes que me parecieron una eternidad, pero finalmente respondió:
– ¿Qué?
– ¿Adónde crees que te va a llevar eso? ¿sabes realmente en lo que te estás metiendo? ¿cómo has podido hacerlo? ... ya sé que estas trabajando de ... eso.
– ¿De qué?
– De eso pues no te hagas... de prostituta
– ¿Queeee?
No dijo más, no me miró, no me gritó, no me insultó, solo se quedó en silencio mirando al vacío negro de la noche sobre el mar frente a nosotros. Luego se levantó y trató de alejarse hacia el parque que estaba detrás. Yo me volteé sentándome de espaldas al precipicio y la seguí con la mirada. Como un rayo, de pronto ella se abalanzó sobre mí gritando:
– ¡¿Qué has estado haciendo Kalin?! ¡dime en este momento qué has estado haciendo sino te mato ahora mismo! ¡¿porqué dices eso?! ¡dime!
En realidad yo no estaba seguro de nada hasta ese momento, pero fue justamente esa reacción la que me lo confirmó todo, en lugar de ofenderse por lo que le había dicho, ella solo me preguntaba porque. No me dió tiempo a reaccionar (siempre he sufrido de motricidad lenta además) así que no pude esquivarla ni ponerme a salvo, me cogió del cuello de la casaca tratando de ahorcarme y apenas pude sostenerme con las manos del pequeño muro mientras sentía todo su peso empujándome hacia el barranco. Traté de explicarle que si no me soltaba ambos nos iríamos rodando cuesta abajo, como en el tango de Gardel, pero no le importó. Estaba como poseída por un odio sobrenatural. Luchamos por varios minutos hasta que ella misma se cansó y dejó de decir que no le importaba morir, cuando sintió que realmente ambos caeríamos al vacío, así que empezó a pedirme tardíamente que me levantara y nos salvara a los dos. Yo sentía que las fuerzas me abandonaban y mis manos se resbalaban del muro y que mi cabeza rozaba las hojas de las primeras trepadoras tras de mí. Recién cuando ella me soltó del cuello y se dejó caer sobre mí, pude reincorporarnos lentamente. Sudando frío, nunca en mi vida agradecí más como entonces los abdominales que me hacían practicar a diario en el gimnasio. Me quedé en silencio recuperándome del susto, y sin saber si estaba en shock por el peligro salvado o por haber descubierto la terrible noticia. Ella me quedó mirando y me agradeció por "haberle salvado la vida". Yo me sonreí, diciéndole que en realidad la salvé de ella misma pero no quise decirle que solo pensaba en mí en ese momento.
A continuación la llevé a su casa pero en el camino le pidió al taxista que nos llevara a un parque cercano de su distrito, donde, quería seguir interrogándome para descubrir cuánto sabía yo realmente de sus actividades. Le inventé una historia de hackers informáticos y amigos que la habían estado siguiendo para salir del paso y obligarla a decir la verdad. Pero no quiso decir nada, al menos no esa noche.
Dos días después se apareció en mi puerta aparentemente sin ninguna razón. Primero dijo que quería estudiar, luego que tenía hambre y quería cenar, cenamos y finalmente quiso que la abrigara porque tenia frío. Le puse un edredón encima y ella pidió que me metiera con ella a la cama. Allí escondidos debajo de aquel edredón como para que nadie más escuchara un secreto tan terrible, mientras ella tapaba y destapaba nerviosamente un plumón resaltador, empezó a contarme una de las historias más increíbles que haya escuchado en mi vida:
– Kalin, soy prostituta...
Uno de los primeros blogs donde recopilo historias de mis diferentes diarios, pueden ser alegres o tristes, graciosas o monótonas, simples o increíbles, juzguenlo Uds. Al final siempre trataré de hacer que muestren un poco de optimismo en el difícil arte de enfrentar la vida sonriéndole a quienes nos rodean.
sábado, 4 de junio de 2011
jueves, 2 de junio de 2011
Asesinando a Kalin (parte 2)
La segunda experiencia al borde de la muerte, me remonta a algún día de verano del 2009. Ella y yo habíamos ido a veranear a mi balneario favorito. Aquél donde solía pasar interminables horas caminando por la playa o tostándome al sol. Aquella apacible caleta de pescadores y tablistas donde quedé curado para siempre de mi alergia, con los deliciosos platillos a base de pescado fresco, servido casi de inmediato en los restaurantes al borde del mar. Aquél en cuyo extenso muelle uno podía practicar la pesca o simplemente admirar la grandeza del mar.
Pues fue precisamente ese muelle testigo de mi tragedia. Después de una alegre tarde de sol fuimos a pescar con mi novia, tirando cordeles de nylon con anzuelos y carnadas desde el muelle. Ella con suerte de principiante sacó rápidamente del mar algunas mojarrillas (peces comestibles), mientras que yo solo enganché un pequeño y triste cangrejo. Herido en mi orgullo le propuse cambiarnos de zona y terminamos parados en el extremo final del muelle donde tampoco tuve mayor suerte. Estuvimos tomando fotos a un par de delfines y jugando con las carnadas, cuando de pronto empezó a hacer frío y decidimos levantarnos para regresar.
En medio de bromas y juegos, como para entrar un poco en calor, nos empezamos a dar pequeños empujones mientras guardábamos nuestras cosas. El problema es que ella siempre había sido algo tosca e imprudente, tanto así que a veces no medía su fuerza y a veces la llevaba a tampoco medir el peligro. Aquella vez imagino que le pareció gracioso verme caer al agua cual si el mar fuera una gran piscina, así que balbuceando debido al frío me miró fijo a los ojos y me dijo: –Kalin... un accidente Kalin..., la niña había decidido, siempre tan dulce y sin perder la sonrisa, enviarme al agua de un certero empujón estando yo parado al borde del muelle y aprovechando que no había baranda en ese punto. De inmediato al ver mi cara de pánico yéndose al fondo del mar, se le desdibujó toda la sonrisa pues aunque estiró su brazo tratando de alcanzarme, no lo consiguió.
Fue así que aquella tarde recibí literalmente uno de los golpes más grandes de mi vida pues la caída era de aproximadamente 15 metros, estando yo muerto de frío y con polera de manga larga y sandalias de cuero. Aunque traté de acomodarme para la caída, el golpe dolió... y mucho. Aunque el impacto me sirvió para reanimarme y entrar en algo de calor pues aunque me hundí un par de metros, logré salir a la superficie totalmente adolorido y con la seguridad de que esta vez sí había llegado mi fin. Una vez a flote noté que la polera no m dejaba nadar y que las sandalias con el cuero mojado pesaban demasiado, así que tuve que deshacerme de ellas. Arriba del muelle lograba distinguir los gritos de mi adorada novia pidiendo que me ayudaran o me lanzaran un salvavidas, obviamente nadie se lanzó ni me lanzaron nada tampoco, porque simplemente ya no había casi nadie: Una pareja de enamorados y un par de viejitos pescando, eso era todo. Muerto de frío de dolor y de miedo, comprendí que jamás llegaría hasta la orilla de la playa, pero gracias a mis ángeles de la guarda, de pronto recordé que a unos 50 metros había una vieja escalera de hierro fundido del siglo XVII que aún hoy en día es utilizada por la gente del pueblo a pesar de estar toda carcomida por la sal y la brisa marina. Sin tiempo para pensar, decidí intentarlo con muchas dudas de si llegaría o no, puesto que yo nado solo en la piscina y no en el mar y ya de por sí me cuesta hacerme una olímpica de corrido. Esta vez luchando contra las olas del mar y el frío y por mi vida, tenía que intentarlo mientras arriba la loca seguía dando alaridos y pidiendo que me ayudaran. Ello solo conseguía ponerme más nervioso y se me iba más rápido el aire de los pulmones. Por fin cuando vio lo que intentaba hacer, se calmó un poco y también la calma llegó a mi.
Llegar a la escalera con ayuda de las olas, no fue lo más difícil sin embargo. Lo peor fue cuando al querer asirme a la bendita escalera la base se encontraba llena de corales filosos que me dejaron las canillas sangrando. Al notar la sangre fluyendo entre los vellos de mis piernas empecé a rezar para que esas aletas que veía a regular distancia siguieran siendo los delfines que fotografiamos unos minutos antes y no unos hambrientos tiburones. El aire no me daba para más, tuve que quedarme asido solo con los brazos y subir las piernas para evitar los molestos corales mientras recuperaba el aliento. Me reía de mí mismo imaginándome como un Koala o un perezoso y con ello trataba de darme ánimos para no soltarme.
Con un poco más de aire ahora la tarea consistía en subir la (esta vez ya no bendita sino más bien) maldita escalera, ¡puesto que los barrotes eran demasiado gruesos y las manos se me resbalaban y dolían!. ¿Porqué aquellos marineros y cargadores de sacos de azúcar del siglo XVII tenían las manos tan grandes? yo ya me sentía bastante pequeño frente al inmenso mar, al interminable muelle y ahora frente a los gruesos barrotes. De pronto se me vinieron a la mente las increíbles historias del capitán Ahab y su tripulación mientras perseguían a la Moby Dick y me imaginé en el cómico papel de un marinero curtido y quemado por el sol arriando cuerdas y velas, y lanzando arpones y maldiciones, creo que eso fue lo que me salvó la vida: la imaginación. El pensar en otra realidad distinta a la que me estaba sucediendo, hizo que olvidara el cansancio por un buen rato. Y aunque a mitad de la larguísima escalera no sentía los brazos y tuve que engancharme hasta con la cabeza para no caer nuevamente al mar, logré llegar a los últimos peldaños. Allí mi valiente princesa había llegado a rescatarme pero más bien estaba estorbándome. Por poco y la mando a la mierda con mi último aliento. Pero ella alcanzó a darse cuenta y subió de inmediato sin que le dijera nada para que yo pudiera terminar de salvarme.
Una vez arriba me temblaba todo, y por todo, me envolví en shock en las toallas, y a pesar de lo ocurrido, al ver su carita de loca totalmente asustada y sus ojos rojos por el llanto, le perdoné todo. Lo único que se me ocurrió decirle en ese momento fue:
– El próximo verano nos vamos a la montaña.
No hubo próximo por supuesto.
Pues fue precisamente ese muelle testigo de mi tragedia. Después de una alegre tarde de sol fuimos a pescar con mi novia, tirando cordeles de nylon con anzuelos y carnadas desde el muelle. Ella con suerte de principiante sacó rápidamente del mar algunas mojarrillas (peces comestibles), mientras que yo solo enganché un pequeño y triste cangrejo. Herido en mi orgullo le propuse cambiarnos de zona y terminamos parados en el extremo final del muelle donde tampoco tuve mayor suerte. Estuvimos tomando fotos a un par de delfines y jugando con las carnadas, cuando de pronto empezó a hacer frío y decidimos levantarnos para regresar.
En medio de bromas y juegos, como para entrar un poco en calor, nos empezamos a dar pequeños empujones mientras guardábamos nuestras cosas. El problema es que ella siempre había sido algo tosca e imprudente, tanto así que a veces no medía su fuerza y a veces la llevaba a tampoco medir el peligro. Aquella vez imagino que le pareció gracioso verme caer al agua cual si el mar fuera una gran piscina, así que balbuceando debido al frío me miró fijo a los ojos y me dijo: –Kalin... un accidente Kalin..., la niña había decidido, siempre tan dulce y sin perder la sonrisa, enviarme al agua de un certero empujón estando yo parado al borde del muelle y aprovechando que no había baranda en ese punto. De inmediato al ver mi cara de pánico yéndose al fondo del mar, se le desdibujó toda la sonrisa pues aunque estiró su brazo tratando de alcanzarme, no lo consiguió.
Fue así que aquella tarde recibí literalmente uno de los golpes más grandes de mi vida pues la caída era de aproximadamente 15 metros, estando yo muerto de frío y con polera de manga larga y sandalias de cuero. Aunque traté de acomodarme para la caída, el golpe dolió... y mucho. Aunque el impacto me sirvió para reanimarme y entrar en algo de calor pues aunque me hundí un par de metros, logré salir a la superficie totalmente adolorido y con la seguridad de que esta vez sí había llegado mi fin. Una vez a flote noté que la polera no m dejaba nadar y que las sandalias con el cuero mojado pesaban demasiado, así que tuve que deshacerme de ellas. Arriba del muelle lograba distinguir los gritos de mi adorada novia pidiendo que me ayudaran o me lanzaran un salvavidas, obviamente nadie se lanzó ni me lanzaron nada tampoco, porque simplemente ya no había casi nadie: Una pareja de enamorados y un par de viejitos pescando, eso era todo. Muerto de frío de dolor y de miedo, comprendí que jamás llegaría hasta la orilla de la playa, pero gracias a mis ángeles de la guarda, de pronto recordé que a unos 50 metros había una vieja escalera de hierro fundido del siglo XVII que aún hoy en día es utilizada por la gente del pueblo a pesar de estar toda carcomida por la sal y la brisa marina. Sin tiempo para pensar, decidí intentarlo con muchas dudas de si llegaría o no, puesto que yo nado solo en la piscina y no en el mar y ya de por sí me cuesta hacerme una olímpica de corrido. Esta vez luchando contra las olas del mar y el frío y por mi vida, tenía que intentarlo mientras arriba la loca seguía dando alaridos y pidiendo que me ayudaran. Ello solo conseguía ponerme más nervioso y se me iba más rápido el aire de los pulmones. Por fin cuando vio lo que intentaba hacer, se calmó un poco y también la calma llegó a mi.
Llegar a la escalera con ayuda de las olas, no fue lo más difícil sin embargo. Lo peor fue cuando al querer asirme a la bendita escalera la base se encontraba llena de corales filosos que me dejaron las canillas sangrando. Al notar la sangre fluyendo entre los vellos de mis piernas empecé a rezar para que esas aletas que veía a regular distancia siguieran siendo los delfines que fotografiamos unos minutos antes y no unos hambrientos tiburones. El aire no me daba para más, tuve que quedarme asido solo con los brazos y subir las piernas para evitar los molestos corales mientras recuperaba el aliento. Me reía de mí mismo imaginándome como un Koala o un perezoso y con ello trataba de darme ánimos para no soltarme.
Con un poco más de aire ahora la tarea consistía en subir la (esta vez ya no bendita sino más bien) maldita escalera, ¡puesto que los barrotes eran demasiado gruesos y las manos se me resbalaban y dolían!. ¿Porqué aquellos marineros y cargadores de sacos de azúcar del siglo XVII tenían las manos tan grandes? yo ya me sentía bastante pequeño frente al inmenso mar, al interminable muelle y ahora frente a los gruesos barrotes. De pronto se me vinieron a la mente las increíbles historias del capitán Ahab y su tripulación mientras perseguían a la Moby Dick y me imaginé en el cómico papel de un marinero curtido y quemado por el sol arriando cuerdas y velas, y lanzando arpones y maldiciones, creo que eso fue lo que me salvó la vida: la imaginación. El pensar en otra realidad distinta a la que me estaba sucediendo, hizo que olvidara el cansancio por un buen rato. Y aunque a mitad de la larguísima escalera no sentía los brazos y tuve que engancharme hasta con la cabeza para no caer nuevamente al mar, logré llegar a los últimos peldaños. Allí mi valiente princesa había llegado a rescatarme pero más bien estaba estorbándome. Por poco y la mando a la mierda con mi último aliento. Pero ella alcanzó a darse cuenta y subió de inmediato sin que le dijera nada para que yo pudiera terminar de salvarme.
Una vez arriba me temblaba todo, y por todo, me envolví en shock en las toallas, y a pesar de lo ocurrido, al ver su carita de loca totalmente asustada y sus ojos rojos por el llanto, le perdoné todo. Lo único que se me ocurrió decirle en ese momento fue:
– El próximo verano nos vamos a la montaña.
No hubo próximo por supuesto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)