La segunda experiencia al borde de la muerte, me remonta a algún día de verano del 2009. Ella y yo habíamos ido a veranear a mi balneario favorito. Aquél donde solía pasar interminables horas caminando por la playa o tostándome al sol. Aquella apacible caleta de pescadores y tablistas donde quedé curado para siempre de mi alergia, con los deliciosos platillos a base de pescado fresco, servido casi de inmediato en los restaurantes al borde del mar. Aquél en cuyo extenso muelle uno podía practicar la pesca o simplemente admirar la grandeza del mar.
Pues fue precisamente ese muelle testigo de mi tragedia. Después de una alegre tarde de sol fuimos a pescar con mi novia, tirando cordeles de nylon con anzuelos y carnadas desde el muelle. Ella con suerte de principiante sacó rápidamente del mar algunas mojarrillas (peces comestibles), mientras que yo solo enganché un pequeño y triste cangrejo. Herido en mi orgullo le propuse cambiarnos de zona y terminamos parados en el extremo final del muelle donde tampoco tuve mayor suerte. Estuvimos tomando fotos a un par de delfines y jugando con las carnadas, cuando de pronto empezó a hacer frío y decidimos levantarnos para regresar.
En medio de bromas y juegos, como para entrar un poco en calor, nos empezamos a dar pequeños empujones mientras guardábamos nuestras cosas. El problema es que ella siempre había sido algo tosca e imprudente, tanto así que a veces no medía su fuerza y a veces la llevaba a tampoco medir el peligro. Aquella vez imagino que le pareció gracioso verme caer al agua cual si el mar fuera una gran piscina, así que balbuceando debido al frío me miró fijo a los ojos y me dijo: –Kalin... un accidente Kalin..., la niña había decidido, siempre tan dulce y sin perder la sonrisa, enviarme al agua de un certero empujón estando yo parado al borde del muelle y aprovechando que no había baranda en ese punto. De inmediato al ver mi cara de pánico yéndose al fondo del mar, se le desdibujó toda la sonrisa pues aunque estiró su brazo tratando de alcanzarme, no lo consiguió.
Fue así que aquella tarde recibí literalmente uno de los golpes más grandes de mi vida pues la caída era de aproximadamente 15 metros, estando yo muerto de frío y con polera de manga larga y sandalias de cuero. Aunque traté de acomodarme para la caída, el golpe dolió... y mucho. Aunque el impacto me sirvió para reanimarme y entrar en algo de calor pues aunque me hundí un par de metros, logré salir a la superficie totalmente adolorido y con la seguridad de que esta vez sí había llegado mi fin. Una vez a flote noté que la polera no m dejaba nadar y que las sandalias con el cuero mojado pesaban demasiado, así que tuve que deshacerme de ellas. Arriba del muelle lograba distinguir los gritos de mi adorada novia pidiendo que me ayudaran o me lanzaran un salvavidas, obviamente nadie se lanzó ni me lanzaron nada tampoco, porque simplemente ya no había casi nadie: Una pareja de enamorados y un par de viejitos pescando, eso era todo. Muerto de frío de dolor y de miedo, comprendí que jamás llegaría hasta la orilla de la playa, pero gracias a mis ángeles de la guarda, de pronto recordé que a unos 50 metros había una vieja escalera de hierro fundido del siglo XVII que aún hoy en día es utilizada por la gente del pueblo a pesar de estar toda carcomida por la sal y la brisa marina. Sin tiempo para pensar, decidí intentarlo con muchas dudas de si llegaría o no, puesto que yo nado solo en la piscina y no en el mar y ya de por sí me cuesta hacerme una olímpica de corrido. Esta vez luchando contra las olas del mar y el frío y por mi vida, tenía que intentarlo mientras arriba la loca seguía dando alaridos y pidiendo que me ayudaran. Ello solo conseguía ponerme más nervioso y se me iba más rápido el aire de los pulmones. Por fin cuando vio lo que intentaba hacer, se calmó un poco y también la calma llegó a mi.
Llegar a la escalera con ayuda de las olas, no fue lo más difícil sin embargo. Lo peor fue cuando al querer asirme a la bendita escalera la base se encontraba llena de corales filosos que me dejaron las canillas sangrando. Al notar la sangre fluyendo entre los vellos de mis piernas empecé a rezar para que esas aletas que veía a regular distancia siguieran siendo los delfines que fotografiamos unos minutos antes y no unos hambrientos tiburones. El aire no me daba para más, tuve que quedarme asido solo con los brazos y subir las piernas para evitar los molestos corales mientras recuperaba el aliento. Me reía de mí mismo imaginándome como un Koala o un perezoso y con ello trataba de darme ánimos para no soltarme.
Con un poco más de aire ahora la tarea consistía en subir la (esta vez ya no bendita sino más bien) maldita escalera, ¡puesto que los barrotes eran demasiado gruesos y las manos se me resbalaban y dolían!. ¿Porqué aquellos marineros y cargadores de sacos de azúcar del siglo XVII tenían las manos tan grandes? yo ya me sentía bastante pequeño frente al inmenso mar, al interminable muelle y ahora frente a los gruesos barrotes. De pronto se me vinieron a la mente las increíbles historias del capitán Ahab y su tripulación mientras perseguían a la Moby Dick y me imaginé en el cómico papel de un marinero curtido y quemado por el sol arriando cuerdas y velas, y lanzando arpones y maldiciones, creo que eso fue lo que me salvó la vida: la imaginación. El pensar en otra realidad distinta a la que me estaba sucediendo, hizo que olvidara el cansancio por un buen rato. Y aunque a mitad de la larguísima escalera no sentía los brazos y tuve que engancharme hasta con la cabeza para no caer nuevamente al mar, logré llegar a los últimos peldaños. Allí mi valiente princesa había llegado a rescatarme pero más bien estaba estorbándome. Por poco y la mando a la mierda con mi último aliento. Pero ella alcanzó a darse cuenta y subió de inmediato sin que le dijera nada para que yo pudiera terminar de salvarme.
Una vez arriba me temblaba todo, y por todo, me envolví en shock en las toallas, y a pesar de lo ocurrido, al ver su carita de loca totalmente asustada y sus ojos rojos por el llanto, le perdoné todo. Lo único que se me ocurrió decirle en ese momento fue:
– El próximo verano nos vamos a la montaña.
No hubo próximo por supuesto.
Kalin que divertido y creo saber quién fué tu ''casi asesina'' .
ResponderEliminarQue bueno que sobreviviste para postearlo.
Sin duda alguna por un instante me figuraste al video de James Blunt You´re Beautiful ... jajaja... pobre mujer me la imagino... tratando de hacer gracia casi provoca una desgracia.. seguramente es algo que no olvidará.... y si definitivamente si les pones a trabajar a tus angelitos... jejejje...
ResponderEliminarjajaja wow
ResponderEliminarNo hubo próximo por supuesto... gran final XD... jajajaja buena historia, queda para el recuerdo =)
ResponderEliminarBueno fue logico que quedaras curado de una vez por todas tendrias que estar loco para que hubiera un proximo verano. Jajajaja
ResponderEliminar